martes, 21 de marzo de 2017

libertad 8


El café Libertad 8 se encuentra en el número 8 de la calle Libertad. Quizás de ahí le venga el nombre. Lo cierto es que los vientos de  libertad a menudo se colaron por las rendijas de este local. Durante los años de la dictadura fueron un hervidero del antifranquismo. El PCE estuvo ubicado enfrente y la CNT también tuvo un piso no muy lejos de allí. La célula ferroviaria del partido comunista tenía su sede en el mismo local donde hoy está el café.

A partir de los años 90 el café empezó a albergar conciertos de pequeño formato, pero no de pequeño interés. Muchos cantautores de la época empezaron su carrera  musical sobre este minúsculo escenario: Pedro Guerra, Jorge Drexler, Rosana, Ismael Serrano, Amaral…

 La última vez que estuve, el camarero me confundió con Riki Lopez. Desconozco la razón de la equivocación porque poco tenemos en común el cantautor mallorquín y yo, excepto quizás la descarnada alopecia que a ambos nos asola.  A él un día, tras  un concierto, le dijeron unos espectadores “HAS ESTADO BRILLANTE!” para advertirle que el brillo de los focos sobre su calva les deslumbraba.

domingo, 19 de marzo de 2017

Bodegas Ricla


 
Otra taberna castiza es Bodegas Ricla en la calle de Cuchilleros nº 6, muy cerquita de la Plaza mayor. Se fundó en 1910, aunque en 1867 ya hay documentada una bodega en el mismo local. Sus fundadores provenían del pueblo de Ricla, en Aragón, y le pareció una idea bonita ponerle al bar el nombre de su pueblo. Se cuenta que durante la guerra civil, los vecinos usaban la cueva como refugio, para protegerse de los bombardeos.
 Se conservan las tinajas donde se servía el vino, recios y aromáticos tintos de Navalcarnero y de Extremadura que se guardaban en las tinajas y que hasta hace no tanto se vendían a granel. Recomendables el vermú de grifo y  las rebanadas de bacalao en aceite.

jueves, 16 de marzo de 2017

barbieri


 
Otro café que se desarrolló a la sombra de un teatro es el  Barbieri, en Lavapiés. Del teatro no queda ni rastro pero parece que en tiempos fue muy conocido por sus espectáculos de varietés, con números picantones  que disparaban la lívido del Madrid finisecular. Cuentan que había un túnel que conectaba el café con el teatro, y que en ocasiones lo usaba Alfonso XIII para sus encuentros furtivos con las cabareteras del teatro, en la tenue intimidad de los camerinos. Ya se sabe que los Borbones nunca fueron remilgados a la hora de acometer a sus reales súbditas.
 

El caso es que el café Barbieri ha sobrevivido a más de un siglo de ajetreadas coyunturas, sin demasiados cambios en su apariencia. En un tiempo fue conocido por su oferta de comida a domicilio, por su ingesta clandestina de absenta en otro. Centro de tertulias en su día, chocolatería en su otro día.
Ultimamente le han dado un lavado de cara a sus desconchadas paredes y un repaso al tapizado de sus butacas. Ahora sus estilizados espejos reflejan el destello de los cocteles y los focos de los conciertos, variados según el  día de la semana, bajo la atenta mirada de la imagen de Erato, hija de Zeus y Mnemósine, musa de la lírica coral y la poesía romántica.

lunes, 13 de marzo de 2017

Pavón



El café Pavón se encuentra en la calle Embajadores, entre la Latina y Lavapiés, en el chaflán de un edificio de arquitectura art decó.

Recientemente se ha traspasado y sus nuevos propietarios, Jorge Rueda y Jose Olivier, lo han reabierto manteniendo todos los elementos originales del local, su barra de estaño, sus grandes ventanales, su suelo de hormigón pulido. Tiraron un falso techo de escayola, y allí aparecieron unos elegantes artesonados de madera que han permanecido escondidos durante años. Total, que los nuevos responsables del cafe Pavón pueden pavonearse de haber mantenido la esencia y el ambiente de este tradicional café de barrio, que igualmente atiende a los espectadores del también restaurado Pavón teatro kamikaze, que se encuentra en el mismo edificio.
Y ahora viene lo mejor: me cuenta Pepón que antes lo atendían dos hermanos bizcos, circunstancia que ya por si sola justifica hacerse cliente habitual. Pero resulta que uno de los camareros que trabaja ahora, después del traspaso, también es bizco ¿es una condición resolutoria que el antiguo propietario impuso a sus adquirentes? ¿Una feliz coincidencia? ¿Un ajuste del equilibrio cósmico?

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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