lunes, 4 de junio de 2007

EL MALECÓN DE LA HABANA.

Siete kilómetros de esperanza. No hay más allá. Sólo la noche pescando palabras que flotan en lo oscuro, en la frontera del viento. Aquí es fácil perderse en lo alto de una Palma Real, en el humo de un cigarro o en los ojos de siete kilómetros de personas que miran hacia el mar. A sus espaldas, la preciosa Cuba sigue brillando, aunque le apaguen la luz. Yo continúo pensando: "probablemente mañana."

Michelle Moreno

8 comentarios:

  1. Que hermoso tu dibujo del malecon, me trae recuedos de un amigo cubano al que aprecie mucho, y que desgraciadamente ya no tengo forma de comunicarme con el.
    Algun dia visitare Cuba
    Besos

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  3. este dibujo y su texto son especialmente buenos, sí señor, eres un crack.

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  4. Aventurero, la melancolía te embarga recordando ese lugar. Quizá los siete kilómetros de ojos se redujeron a dos que se desvanecieron con la vuelta de la luz del alba.

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  5. cierto, la melancolía me embarga.
    el siguiente post será mas divertido

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  6. me encandiló este dibujo vuestro..la mar insolente, que embelesa como siempre...

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  7. ¿Además de las ruinas, qué dejaremos nosotros?
    Sé muy bien que aquel muro en que solía sentarme todos los días, perteneció antes a 10 mil o 20 mil habaneros... hasta que un día por fin me llegó el turno de tenerlo y dejarlo. Que jodida la relación de uno con los lugares y las cosas... Si vivir es aprender a despedirse...¿Por qué debo pensar ahora que el malecón, la parada de la ruta 27 y el árbol torcido de la calle Zapata también son míos?
    No hay remedio, nadie me puede quitar la idea fija de que los poseo. Me siento muy viejo para pertenecer a otra parte y aun soy muy joven como para renunciar al lugar de donde vengo, puedo ir hasta el fin del mundo sin remordimientos... pero a estas horas de la vida ya estoy seguro de que llevo conmigo un trocito de aquella ciudad destartalada, que la reconstruyo al vuelo donde quiera que me sorprende la noche o el recuerdo de una bulla. La Habana se parece mucho a mi vieja, y si no, que me digan como es que la recuerdo todos los días... lo mismo ande a 100 millas, que a 2000 kilómetros distancia. Voy hacia todas partes, pero sé muy bien que vengo de un solo sitio y por eso aquel muro viaja conmigo a pesar de las distancias... porque al fin y al cabo el malecón, la parada y el árbol, son sin dudas mi verdadera patria.

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