Desde sus oigenes la Eibar estuvo ligado a la industria
armera: se conserva un documento del año 1482 que recoge un encargo de 15.000
arcabuces. Las ferrerías del valle forjaron armas como para exterminar a toda
la población nativa de las colonias.
Tras el auge en la producción, auspiciado por la
Primera Guerra mundial, vino una gran crisis en el sector, al quedarse con un
gran stock sin salida comercial, cerrarse el mercado estadounidense y
complicarse el europeo. La salida de la crisis armera se realiza mediante la
diversificación del producto. Esa es la época en que muchas empresas cambian la
fabricación de pistolas por la de bicicletas o máquinas de coser.
En cualquier caso, los trabajadores de aquellas fabricas pasaban
mucha sed por el calor de los hornos, asi que se asento el oficio del botijero,
que llevaban agua para beber a los
trabajadores de los talleres en todos los rincones de la ciudad. A veces, a
cambio de un pequeño y discreto suplemento, el agua del botijo era sustituido por
revitalizante tintorro.
En honor de ese tradicional oficio eibarres se instaló una figura de
bronce que representa al aguador junto a la fuente de Urkizu, una de las más
antiguas de la ciudad. De ahí, que a si tratas a alguna eibarresa con distanciamiento
y desapego, ella quizas te reproche que eres
“mas frío que el botijero de la fuente de Urkizu”





