Continuamos viaje por el norte de Extremadura, ya al
límite de Salamanca, donde la provincia cacereña se arruga en abruptas
montañas.
Llegamos a la comarca de Las Hurdes, plagada de ríos
caudalosos que erosionan las tarrazas de negra pizarra. Espesa vegetación de
centenarias madroñeras castaños y olivos crecen en vertical sobre los
espectaculares meandros y jalonan huertos de vertiginoso acceso.
Esta comarca está tan condicionada por su orografia
extrema que ha permanecido aislada durante siglos, anclada en un pasado ancestral.
Así nos la mostró Buñuel en “Hurdes, tierra sin pan” su documental de 33 minutos, rodado en 1933, en plena
República. Los hurdanos no quieren ni oir hablar del genio de Calanda, que les
retrató como gente salvaje y atávica, que robaban a
sus hijos el pan que les daba el maestro, y veian impertérritos como las abejas
causaban la muerte a un burro a base de picotazos.
La idea de rodar un reportaje sobre la paupérrima
región de las Hurdes la concibió Luis Buñuel inspirado por los estudios
del Dr. Gregorio Marañón sobre la enfermedad del bocio en aquéllos
parajes. Le faltaba, sin embargo, el dinero necesario para empezar el
rodaje. A propósito de eso, contaba que, un día, en Zaragoza, hablando de
la posibilidad de hacer un documental sobre las Hurdes, con su amigo Sánchez
Ventura y Ramón Acín, éste le dijo de pronto:
- Mira, si me toca el gordo de la
lotería, te pago esa película.
Y fue y le tocó el gordo. Y le pagó la película.

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