miércoles, 13 de julio de 2016

Mucio scevola


 
En sus orígenes Roma fue gobernada por siete reyes, hasta el 509 AC, siendo el último de estos Tarquino el Soberbio. Como de su sobrenombre se desprende, este rey era más bien borde por lo que no era muy apreciado pos sus súbditos, que le organizaron sucesivas algaradas. En una de estas fue expulsado de la ciudad, y para retomarla acudió en su ayuda Lars Porsena, rey de Clusium, que mandó a sus tropas a sitiar Roma, seguramente esperando sacar tajada con un buen expolio.
Cayo Mucio, un ciudadano romano con mucho aplomo, decidió que había que  asesinar a  Porsena. Así que se disfrazó de etrusco, cruzó el Tiber a nado y se coló una noche en el campamento de Porsena. Como no  conocía al rey se abalanzó  sobre el que le pareció más lujosamente vestido y lo degolló. Lamentablemente, el finado no era Porsena, sino un secretario suyo.
Por supuesto, Mucio fue detenido y arrastrado ante Porsena. Viendo lo mal que pintaban las cosas, decidió echarse un largo: “Soy un ciudadano de Roma”, dijo, “los hombres me llaman Cayo Mucio. Como enemigo quería matar a un enemigo y tengo suficiente valor como para enfrentar la muerte con tal de lograrlo.

El rey comenzó a preocuparse y reaccionó con furia: “Si no confiesas quiénes son tus cómplices y cómo piensan asesinarme, te quemo vivo de inmediato”. Llegado a este punto Mucio optó por el doble o nada. Sin pestañear metió su mano en el fuego y dejó que se achicharrara, simulando no sentir ningún dolor. Según nos cuenta Tito Livio, Porsena, no pudo soportar el olor a barbacoa, lo hizo retirar del fuego y, en premio a su valor, ordenó que lo mandaran de vuelta a casa. Ahí Mucio, volvió a echarse un farol: “Ya que honras al valor, en reciprocidad te confesaré lo que no quise decirte antes (y siguió ensartando embustes): Trescientos de nosotros, entre los jóvenes romanos, han jurado que te atacarán como yo lo hice. El primero he sido yo; los otros vendrán a su turno hasta que la fortuna nos dé una oportunidad favorable”.
Porsena lo creyó, y se acojonó ante tanta bravura y tantos posibles atentados y finalmente retiró sus tropas. Cayo Mucio regresó a Roma con la mano echa un tizón. Alli  lo recibieron con honores y le otorgaron el obvio sobrenombre de Escévola (zurdo, en latín) que heredaron todos sus descendientes.

2 comentarios: