martes, 25 de octubre de 2016

Jacobinos


Asistimos a un concierto de música andalusí en el Convento de los Jacobinos. Allí escuchamos una curiosa mezcla de cante jondo, música de oriente próximo, canciones sefardíes y tambores armenios.




El Convento de los Jacobinos es una proeza del gótico minimalista del Languedoc. La capilla principal tiene ventanales muy esbeltos con vidrieras policromadas, una magnifica bóveda en forma de palmera, y una línea de columnas circulares curiosamente situada en el eje de su nave central, de manera que dificultan la visión de altar. Una construcción extraña, sin parangón conocido, sobre todo para una orden que primaba la predicación contra la herejía.

De hecho el convento de los jacobinos fue uno de los primeros centros de la Inquisición en su persecución contra los cátaros. Resulta elocuente la declaración de Jean Tisserand que, acusado falsamente de herejía, se defendía así por las calles de Toulouse. “Escuchadme, señores: no soy un hereje. Tengo una mujer con la que me acuesto. Tengo hijos, como carne; miento y juro. ¡Soy, pues, un buen cristiano!”.

 Siglos más tarde, con la Revolución francesa y Napoleón, el convento se convirtió en cuartel, polvorín, incluso cuadra de caballería, hasta que fue adquirida por el consistorio en 1865.

En la capilla presbiterial está enterrado el influyente teólogo Santo Tomas de Aquino, el hombre que se hizo la pregunta “¿Qué es Dios?”, de enorme influencia en el pensamiento filosófico medieval.

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