Una tarde, en el zoco de las especias un vendedor me ofreció una bandeja con algo parecido a miel. Sin pensarlo dos veces, lo probé con el dedo: era jabon. Antes de que el tendero pudiera avisarme ya estaba escupiendo.Pronto la noticia recorrió toda la medina y en unos minutos estaba rodeado de gente que celebraba alegremente el sucedido.
Así fue como me gané el sobrenombre de Ham el-Safir, que quiere decir el devorador de jabones.
Aun hoy los viejos del lugar siguen contando, para regocijo de las damas y escarmiento de los mas jóvenes, la historia de un extranjero que se alimentaba de ungüentos y afeites, tenia fuego en la mirada y era capaz de las mas extraordinarias proezas.































