Una vez que llega a Villava, el peregrino camina ya por el extrarradio de Iruña. En ese transito asfaltado, tan poco grato a sus sandalias, atraviesa Burlada, que si bien es un municipio independiente, ha sido trasformado en un barrio de Pamplona por efecto de la expansión urbana.
El peregrino no se encuentra a gusto en estos pagos tan edificados. Su aspecto desaliñado, casi harapiento, como de trampero que baja a la ciudad a vender la piel de los castores que ha cazado durante el invierno, no casa con la pulcra indumentaria de los viandantes.
Piensa “ayer fui como vosotros y mañana seré igual, pero hoy somos esencialente distintos: vosotros estais quietos y yo estoy en movimiento. Ahí os quedais”, y acelera el paso huyendo de las miradas recelosas de los vecinos que se le clavan como molestos dardos.
El peregrino no se encuentra a gusto en estos pagos tan edificados. Su aspecto desaliñado, casi harapiento, como de trampero que baja a la ciudad a vender la piel de los castores que ha cazado durante el invierno, no casa con la pulcra indumentaria de los viandantes.
Piensa “ayer fui como vosotros y mañana seré igual, pero hoy somos esencialente distintos: vosotros estais quietos y yo estoy en movimiento. Ahí os quedais”, y acelera el paso huyendo de las miradas recelosas de los vecinos que se le clavan como molestos dardos.






