Caminando, caminando, llega el peregrino hasta Villatuerta, denominada Villa torta por los romanos, que ya transitaron estas mismas calles. El nombre no resaltaba la falta de un ojo, ni celebraba un sopapo, sino que referia lo tortuoso del trazado urbano.
En el año 1032 Villatuerta asiste al nacimiento del que luego sería san Veremundo, abad de Irache. Cuentan, y yo lo creo, que en cierta ocasión Veremundo recibió a un grupo de peregrinos que había llegado al monasterio. Siendo el santo tan hospitalario como curioso, les preguntó de dónde venían y qué habían visto por el camino. Pero estos peregrinos se quedaron mudos, sin saber qué contestar, ya que no se habían fijado en nada de lo que habían visto. El de Villatuerta, dolido por tanta indiferencia hacia las maravillas que Dios había dispuesto a lo largo del camino, y de paso aprovechando para hacer un juego de palabras con su propio nombre, exclamó furioso "¡Veré mundo!" Al punto, los peregrinos se convirtieron en molinos de viento, condenados a girar contínuamente sin llegar a ningún sitio y no cambiar de punto de vista. Al menos consiguieron cierta utilidad y durante años molieron el trigo y el maiz, prestando un buen servicio a la comunidad. Asi las gastaba san Veremundo. Tenia esa capacidad para obrar grandes prodigios, pero a veces se le iba un poco la olla, y tenia estas salidas de tono, que traian de cabeza a la congregación.
Yo, por si acaso, tomo buena nota de cuanto veo y hago estos bocetos para mantener los detalles frescos en la memoria, por si alguien pregunta.


