
Otro
café que se desarrolló a la sombra de un teatro es el Barbieri, en Lavapiés. Del teatro no queda ni
rastro pero parece que en tiempos fue muy conocido por sus espectáculos de
varietés, con números picantones que
disparaban la lívido del Madrid finisecular. Cuentan que había un túnel que
conectaba el café con el teatro, y que en ocasiones lo usaba Alfonso XIII para
sus encuentros furtivos con las cabareteras del teatro, en la tenue intimidad
de los camerinos. Ya se sabe que los Borbones nunca fueron remilgados a la
hora de acometer a sus reales súbditas.
El
caso es que el café Barbieri ha sobrevivido a más de un siglo de ajetreadas coyunturas,
sin demasiados cambios en su apariencia. En un tiempo fue conocido por su oferta
de comida a domicilio, por su ingesta clandestina de absenta en otro. Centro de
tertulias en su día, chocolatería en su otro día.
Ultimamente le han dado un lavado de cara a sus desconchadas
paredes y un repaso al tapizado de sus butacas. Ahora sus estilizados espejos
reflejan el destello de los cocteles y los focos de los conciertos, variados según
el día de la semana, bajo la atenta
mirada de la imagen de Erato, hija de Zeus y Mnemósine, musa de la lírica coral
y la poesía romántica.
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