miércoles, 26 de agosto de 2009

A mitra de ferro ardente

Atravesamos sin apenas detenernos por Monforte de Lemos. En opinión de mis colaboradoras es únicamente un importante nudo ferroviario. Sin embargo yo escucho las palabras que flotan en el aire. Palabras que me hablan de acontecimientos ocurridos hace mucho tiempo, allí arriba, entre el castillo condal y el vecino Monasterio de San Vicente del Pino.

Escucho los cascos del corcel del conde
, que parte a cumplir con encomiendas reales. Durante su ausencia, el abad de San Vicente se desplaza subrepticiamente por un pasadizo subterráneo que une ambos edificios. ¿No oís sus pasos furtivos? Llega hasta los aposentos del castillo y seduce a la esposa del conde, con la ayuda de una pócima que le ha sido facilitada por un herborista judío.

Regresa el conde y se entera del lance amoroso. Invita al abad a una opípara comida, le agasaja con su conversación. A los postres, un sirviente del conde trae una corona de hierro al rojo vivo, y se le coloca en la cabeza al abad, que muere entre espantosos alaridos de dolor.


Sobre esta truculenta coronación circulan por Monforte diferentes versiones: en unas, la seducida es la hija del conde en lugar de su esposa; en otras la represalia tiene su origen en una disputa relativa a la propiedad de ciertos terrenos que el conde reclamaba a la abadía. Quien sabe. Tampoco puede uno fiarse demasiado de las palabras que flotan en el aire.


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