lunes, 11 de junio de 2012
Epantapajaros
Para protegerme de los inclementes rayos de sol, me voy cubriendo con lo que tengo a mano. Me pongo una funda de almohada para taparme el cuello. Me cubro los brazos con las mangas del pantalón. Al final voy bien protegido, pero a costa de lucir un aspecto tan estrafalario que las criaturillas que encuentro a mi paso huyen asustadas.
Tengo tal pinta de espantapájaros, que varios agricultores de la zona intentan contratarme para proteger sus cultivos de las voracidad de las aves del campo.
A pesar der ser una oferta tentadora, la rehuso agradecido: “yo bien quisiera ayudaros a proteger esas espigas y esos racimos que luego transformareis en recias hogazas y vino embriagador. Con gusto ahuyentaría de vuestros sembrados al torvo grajo y la vanidosa urraca, pero a pesar de mi aspecto ridículo, yo no soy un espantapájaros. Tan solo soy un humilde peregrino, y un peregrino no puede echar raices, porque pertenece al camino.”
Y sigo adelante, con esta pinta de mamarracho.

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