Debeis sin falta acudir a la calle noviciado 16, y entrar en Casa Candi, uno de esos bares totalmente marcados por la personalidad de su dueño. Y lo que le gusta a su dueño es el jolgorio y el cachondeo. Alli siempre hay alguien cantando sin pudor o arengando a la concurrencia. Y si se templa la algarabía, el propio Candi coge su palo flamenco y empieza a aporrearlo. Que el ritmo no pare. Le da igual que la barra esté abarrotada de gente esperando a que les sirvan. Él a lo suyo. Ya atenderá alguien.
Empieza
con los desayunos de buena mañana y luego el tapeo y lo que venga. No han de
faltar los cacahuetes, oreja de cerdo, olivas, o alguna delicia asturiana. Y si
la cocinera (consorte del susodicho) está inspirada, corazones de pollo. La velada se estira por
las noches, a menudo hasta la madrugada, ya con la persiana medio echada. Haga
usted lo que quiera. Se puede fumar dentro y beber fuera, que las ordenanzas
municipales no son vinculantes en el Candi.
Enrique
Urbizu, director bilbaíno asentado en Madrid, para aliviar esa drástica
migración, se asentó en el portal
contiguo al Candi y se sentó en el Candi y allí tiene su tasca de cabecera y
centro de conciliábulo.
La
primera vez que yo fui celebramos el cumpleaños de los hermanos Schwartz,
galenos guanches y excelentes personas,
capaces de soplarse unos tercios sin conculcar el juramento hipocrático y, como de costumbre, Candi puso casi tanto empeño en que lo pasaramos bien como en pasárselo bien
él.

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