En 1555, el Papa Paulo IV emitió una ominosa bula: toda la comunidad judía, que hasta entonces residía en el actual Trastévere, debía trasladarse
al otro lado del río para vivir recluida entre las murallas del recién creado
gueto de Roma. Comenzaba, así, el aislamiento de los judíos en la ciudad. Entre
las murallas, a lo largo de los siglos, la comunidad hebrea creció tanto que
los pisos comenzaron a apiñarse unos encima de otros en un entorno falto de las
medidas de salubridad más básicas.
Hasta que en 1870 la unificación de Italia puso fin a la soberanía
de los papas, y el aspecto de Roma, que asumió el papel de capital del Reino de
Italia, comenzó a cambiar. Muchos edificios del barrio judío se derruyeron
para dar paso a nuevas construcciones, y el gueto dejó poco a poco de ser un
barrio aislado.








