miércoles, 21 de noviembre de 2007

QUE MORRO!


En su infatigable búsqueda de nuevos territorios por explorar, el aventurero llega a Morro do Sao Paulo, una pequeña isla donde el unico medio de locomoción es un tractor y donde los mosquitos gozan de total impunidad

Aparentemente, en aquel paraiso perdido uno necesita muy poco para vislumbrar la felicidad


8 comentarios:

gus aneu2 dijo...

Sí que parece un paraiso, sí.
Me recuerda a otro paraiso en el que también había un tráctor, enn repúbliica domiinicana, que servía para recoger las piedras y demás molestías de la orilla que los trabajadores haitianos iban sacando de sol a sol pra que los turistas blanquitos no las pisaramos y nos hicieramoos pupas al entrar en el agua.
No sé si los haitianos encontrarían aquello como un paraiiso.
En fin, perdón por el comentario, el tráctor me lo recordo.

Wendy Pan dijo...

Pos sí, señores, pasear un tractor por la playa es el peor de los crímenes ecológicos:
no hay nada como compactar la arena de esa manera como para que el mar se la lleve, entonces rellenamos las playas con la arena del fondo, para lo cual nos cargamos la "fábrica" natural de arena, por que hay que seguir sacandola con enormes aspiradoras que llenar el agua de porquería...

Quién les abrá dicho a los malditos "homo sapiens" que lo mejor para que la naturaleza siga su curso es MANGONEARLA !!

PD: siento el mosqueo pero vivo en una isla rodeada de playa pos tres de sus cuatro costados, y en cual hacen más desaguisados de tal magnitud con la excusa del turismo (que resulta ser una pandilla de guiris de lo más cerdo, putero y borracho, que no paran de caerse por los balcones de sus hoteles...).

Anónimo dijo...

Si es verdad esto de la compactación y sus secuelas menudo chasco!, yo que me alegraba al verlos recogiendo la mierda que dejan los humanos un día sí y otro también, en sus días de porca miseria playera.
Y no habrá balcones suficientes para dar cobijo a todos esos y que vayan cayendo como fruta madura. (Iba a poner podrida, pero no lo pongo, no!)

Anónimo dijo...

apropositodetractoresrecogientes:
como en aquella excursión, donde pasadas 3 hrs. de lancha y bebida libre (con la que candidamente pretendi hacer valer pasaje- por el fiasco del paquebote y la caterva de tripulación- achicando 3 cajones de cervezas por el ojo de buey del baño) llegamos a esa playa midway; y dale que cuando desembarco cuidando no salpicar la ultima copia de la inter caetera que traia, piso el sorete del unico perro que habitaba en kilometros redonda. un molde de gelatina marron claro, que bañera griega mediante, recibio la impronta de mi pie izquierdo y trepo por comisura dedal hasta el tobillo. como toro que rasca arena, ensangrente playa y a un tris estuve que me cortara oreja uno de los locales que vendia cocos. pero como el tiempo es un sabio mecanismo que nos evita soportar que todo ocurra a la vez, deje atrás la mar del sur y termine limando mis cuernos en mar dulce.

y hablando de jota jota: que ayer aparece con el remanido “copiar y pegar” haciendo un nuevo pito catalan a la ompi.

Jas dijo...

Siempre me he preguntado...¿en qué consiste la felicidad? O_O

Si alguien lo sabe que me lo explique.

(y esto no quiere decir que sea un infeliz, solo lo digo por el significado de la palabra)

Anónimo dijo...

querido jota jota, que en tu demencia corta eres incorregible.

EL AVENTURERO dijo...

como os poneis!
De acuerdo, es verdad, aquello está lleno de turistas blanquitos y tenian la biodiversidad amenazda por el tractor y la arena compactada.
no me dejais ni la ilusion de manipular mis recuerdos

Anónimo dijo...

Jodo! es que viajas más que la Melinda!

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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