“En todo caso, no
ve el viajero qué utilidad militar podía tener esta obra de joyería, con su
maravilloso mirador vuelto hacia el Tajo, lugar de más excelencia para asistir
a desfiles náuticos que para orientar el alza de los cañones. Que conste, la
torre nunca entró en batalla formal. Por suerte. Imaginen los destrozos que
causarían en este encaje de piedra las bombardas quinientistas o las
palanquetas. Así puede el viajero recorrer las salas sobrepuestas, ir a las
altas garitas, asomarse al balcón del río y sentir mucha pena al no verse a sí
mismo asomando en tan hermoso lugar, y descender al fin a lo más hondo, donde
hubo hasta presos. Es maña del hombre: no puede ver un agujero lóbrego sin
pensar en meter en él a otro hombre.”
El Museu Nacional de Arte antiga tiene una interesante colección de pintura española y portuguesa, algún Zurbarán, Durero o Lucas Cranach. Tiene también una
impresionante terraza con jardines sobre el Tejo, muy poco frecuentada
por los turistas. Pero sobre todo tiene en su última sala, a la vista de quien quiera
contemplarlo, las Tentaciones de San Antonio, del Bosco, uno de los cuadros mas
delirantes de toda la Historia del arte. Alli me pasé un par de buenas horas de solitaria y jubilosa observación, sentado frente al tríptico, tomando algunos apuntes e intentando descifrar sus inescrutable misterios.
En el mirador de santa Catarina, junto a la estatua del
Adamastor solían reunirse antaño los Sebastianistas, para otear las procelosas
aguas del Tajo, esperando ver llegar los barcos que trajerán la solución a los
problemas endémicos de Portugal.
El origen de este movimiento se encuentra en los seguidores
del Rey Sebastiao, muerto en la Batalla de Alcazarquivir, en 1578. Por falta de
herederos, el trono portugués terminaría a la larga en las manos del rey Felipe
II, de la rama española de la casa de Habsburgo. Muy pocos habían sido los que
vieron el cadáver del rey Sebastiao y se propagó la leyenda de que estaba vivo,
y esperando la oportunidad para volver a Lisboa a ocupar de nuevo el trono y
expulsar de sus tierras a la tropa extranjera.
Con el tiempo el sebastinismo se traduce en una
inconformidad con la situación política vigente y una romántica expectativa de salvación
milagrosa, a través de la resurrección del ilustre monarca, y una añoranza de
tiempos mejores, sentimiento tan portugués como el pasteis de Belem.
Con ese mismo espíritu desesperanzado se agolpó el pueblo de
Lisboa en el Mirador de santa Catarina el 30 de noviembre de 1807, para ver escapar
rumbo a Brasil los barcos en los que huían la familia real y toda la Corte, con
sus bodegas llenas de oro, dejando al país abandonado y en bancarrota, ante la
inminente llegada de las tropas napoleónicas. Mas de uno suplicaría al Adamastor, que descargara toda su tempestuosa fuerza contra la ignominiosa flota en retirada y que trajera con vientos propicios a un redentor Sebastiao.
El jardín está desierto bajo la opresiva bofetada del sol, el rio refulge en reverberaciones que deslumbran los ojos, preso a su piedra el Adamastor va a lanzar un alarido, de cólera por la expresión que le ha dado el escultor, de dolor por las razones que sabemos desde Camoes.
José Saramago
El año de la Murete de Ricardo Reis
En
el mirador de santa Catarina, se alza poderosa una escultura que representa al
Adamastor, temible gigante de la mitología portuguesa, aunque su origen está en
la cumbre del Olimpo, pues era hijo de Zeus.Adamastor, un abominable espectro
de palidez sobrenatural, impedia a los marineros doblar el Cabo de nueva Esperanza y penetrar en sus
dominios del Oceano Indico.
El poeta Luis de Camões narra la historia del Adamastor en su obra Os Luisiadas,
apareciéndose en forma de nube tormentosa a Vasco de Gama. La expedición portuguesa, guiada por Vasco da Gama, se enfrenta a
la criatura preguntando «¿Quién eres?», a lo que Adamastor responde contando su
historia.Profundamente conmovido, el gigante se desvanece, dispersando las nubes y
calmando el mar, dejando abierta la ruta hacia la India .
Acaso no era tan fiero el gigante como lo pintaban, pero su imagen fue recurrentemente utilizada para disuadir a las flotas hostiles que amnazban las costas portuguesas.
Dominando la Baixa desde una de las colinas más altas de la
ciudad, la historia del castillo cuenta con más de ocho siglos. Excavaciones
arqueológicas en el lugar dan cuenta de la existencia de un poblado fortificado
ya en el siglo VI de nuestra era, pero la construcción del castillo propiamente
dicho data de los siglos X y XI, cuando Al Uzbuna, tal como llamaban los
árabes a Lisboa, era una importante
ciudad portuaria musulmana. La medina se extendía en las laderas de la colina
hasta alcanzar el río y parte de la misma estaba también protegida por una
muralla.
La fortificación en la colina era, entonces, centro militar y residencia de altos mandatarios y nobles
musulmanes, hasta que en 1147, Afonso Henriquez, primer rey cristiano de
Portugal, conquistó la ciudad a los moros, quienes opusieron gran resistencia.
La leyenda en torno a
este asalto enaltece la figura de un caballero llamado Martim Moniz
quien para impedir que los moros
cerraban la puerta del castillo, se interpuso en el quicio, usando su propio cuerpo
como cuña, hecho que le costó la vida. La puerta que se encuentra en la Praca
Nova lleva su nombre evocando aquel legendario acontecimiento.
Despues de muchos años, vuelvo al restaurante O Minhoto, que es mas que restaurante, casa de comidas, humilde y honesta. Sigue alli antendiendo el mismo matrimonio que lo hacía antaño y siguen sirviendo unas sardinhas na brasa bien buenas. Me explica el patrón que un "minhoto" es alguien nativo de la región del Miño, al norte, lindando con Galicia. Allá donde confluyen la saudade y la morriña.
Hay que volver a Lisboa de cuando en cuando, para que la memoria auditiva refresque el recuerdo del chirriar de los viejos tranvias de madera y tracción electrica.
Chinchón pasa por ser uno de los pueblos mas bonitos de
España, y desde luego merece una visita, a pesar de que la cercanía de Madrid atrae oleadas de domingueros
a pasar el dia. Apenas cuarenta kilómetros
lo separan de la capital.
Yo he estado allí este fin de semana, de fiestuki con los
famosetes. La presencia de celebridades no impresiona a los locales ya que
su plaza mayor ha servido de escenario a artistas tan relumbrones como Orson
Welles, Nicholas Ray o Cantinflas.
Esta pintoresca plaza
mayor, trufada de soportales y balconadas, es probablemente lo mas reseñable de Chinchón. Desde tiempo
inmemorial se transforma en plaza de toros para celebrar uno de los festivales
taurinos mas antiguos de los que se tiene noticias.
Numerosos son los atractivos de Chinchón, pueblo natal de José
sacristan, además del aguardiente homónimo que puede alcanzar los 74 grados y
de la ingente variedad de dulces típicos que incluye algunos con denominaciones
tan irreverentes como las tetas de novicia o los huevos de fraile.
Hay en el pueblo una torre sin iglesia y una iglesia sin
torre, cuyo altar, por cierto, está presidido por un cuadro de Goya, La asunción
de la Virgen, donado a la iglesia a petición de su hermano Camilo, capellán del
templo.
Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.
En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.
Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.
Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.
Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.
En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.
Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.
Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.
Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.
"En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo..."
"En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo..." comenzaba sus alocuciones el capitán Tan, sea cual fuera el tema de conversación. Inmediatamente sus interlocutores (especialmente el tío Aquiles, inolvidable Miguel armario) dejaban de prestarle atención, sabedores del escaso interés de sus anécdotas.
¿Tendré acaso yo mejor acogida con mis sucedidos? ¿quien soy yo para compararme con el legendario capitán, pionero de los grandes exploradores?