lunes, 18 de enero de 2021

EL ACUEDUCTO DE PLUTARCO


 

Hoy en día, apenas quedan en pie unas cuantas piedras de esta ciclópea infraestructura, que, según la leyenda, fue levantada en tan solo tres días por unos gigantes antidiluvianos, si bien parece que de la fontanería y las instalaciones eléctricas se ocuparon unos enanos prodiluvianos.

 

El Acueducto de Plutarco, de esbelta arquería y formidables proporciones, tenía la particularidad de que su trayectoria era circular y, por tanto, se abastecía de agua únicamente a sí mismo. Debido a esa característica, el ahorro de recursos hidrológicos era notable, pero resultaba completamente inservible. En verano, cuando la canícula secaba su canal, los aldeanos debían acarrear el agua en baldes desde el lejano rio Tanagro hasta la inútil canalización. No es de extrañar el desapego que los vecinos sentían por su acueducto.

 

En ese estado de dejadez se encontraba cuando la virulenta erupción del Krakatoa dañó seriamente su estructura. El Tribunal de las Aguas aconsejó su reconstrucción, pero de nada sirvió ante la codicia del administrador del regadío, el Archiduque de Torlatto –Fabrini, que ordenó la demolición del acueducto y construyó en su lugar un enorme excalestric para impresionar a la corte y entretener a sus numerosos amantes. 

 

jueves, 14 de enero de 2021

LA PIRAMIDONIA DE TEHUAC TEMOC


Cuando los arqueólogos excavaron en los cerros de Chapultepec, bajo un pequeño quiosco horadado por círculos en todas sus caras descubrieron uno de los hallazgos más fascinantes de la arquitectura precolombina: la legendaria doble piramidonia de Tehuac Temoc de la que hablaban los antiguos códices mayas.

 

La cosmogonía mixteca atribuye sus orígenes a un curioso sucedido:  Yacatecuhtli pidió ayuda a Cihuacoatl para vengarse de Tehuac Temoc por haber apagado el Sol. La conjura llegó a oídos de Ahuiatetepango, dios de la lluvia, que arrojó a Cihuacoatl a un cenote que había bajo la piramidonia. Tehuac Temoc, que había contemplado la escena desde la puerta de poniente, le regaló a Ahuiatetepango una flor de nopal, para mostrarle el agradecimiento de todo su pueblo, y un burrito de cochinita pibil, como ofrenda personal. 

 

Recientes investigaciones descartan la función funeraria de la piramidonia y le atribuyen un uso ceremonial. Según Fray Heliodoro de las Casas, en su cúspide se celebraban sacrificios humanos y animales. En la época colonial, el gobernador intentó prohibir estos rituales, pero reculó ante las protestas del movimiento indígena, de modo que se permitieron, pero únicamente en los meses con erre. Finalmente, el implacable virrey de Nueva Hispalis ordenó sepultar en tierra la piramidonia, dejando descubierta solo la planta superior, donde se instaló, ya en tiempos de Don Porfirio, un quiosco municipal consagrado a Santa Bárbara.

miércoles, 13 de enero de 2021

EL BOLONDRIO DE SANTA CASILDA

 

La curiosa tradición del Bolondrio se remonta a la baja Edad media y se mantuvo viva gracias a la baja media de edad de los oficiantes. En efecto, cada año en la festividad de Santa Casilda, los jóvenes quintos se iban turnado para empujar el bolondrio, hasta que rodaba por la rampa y, si acertaban a encajarlo por el Aro de la Escolanía, se levantaba por unas horas la prohibición de enseñar las rodillas en público y las mozas casaderas iniciaban una danza frenética conocida como el Riguitón de las almadreñas, mostrando sin recato sus pantorrillas y sus nalgas.

 

Al día siguiente, tras la misa mayor y la absolución de los pecados carnales, la Cofradía del Santo Meñique se ocupaba de volver a colocar el bolondrio en su plataforma, con un complejo sistema de poleas y una yunta de quinientos bueyes.

 

Con la desamortización de Mendizabala se prohibió esta ancestral costumbre y el bolondrio con todo su entramado pasó a manos privadas. Recientemente el Instituto Foral para el Progreso, en su búsqueda de nuevos nichos de mercado, ha mostrado cierto interés por recuperar la tradición, pero en versión electrónica.

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

Colaboradores