jueves, 2 de abril de 2009

boqueria

A escasos metros de las Ramblas, el Mercat de la Boquería es el mas grande y el mas conocido de Barcelona. Hay documentos que hablan de la existencia de un mercado en esta zona para la venta de carne desde el siglo XII. Pero no es solo un lugar histórico. Actualmente está lleno de vida y tiene una variada oferta comercial. Muchos barceloneses vienen aquí a hacer sus compras y los payeses siguen ofreciendo los productos de sus huertas. Aunque es un mercado al aire libre, está cubierto por una elegante estructura de hierro forjado.

Dentro del mercat, junto a una de las entradas, hay una pequeña taberna que regenta un personaje conocido como Pinocho, no sé si por el tamaño de su apendice nasal o por que tiene cierta querencia a ser infiel a la realidad. El caso es que su barra, a pesar de ser pequeña y popular, debe tener algo sobresaliente porque ha conseguido atraer a grandes gurús de la nouvelle cuisine como Arzak o Adriá.


4 comentarios:

Wendy Pan dijo...

Oh, que chulis! La boquería, nunca he estado.
Barcelona siempre fue mi ciudad de paso pa llegar a Burgos, useasé barco+carretera-y-manta, con parada en Zaragoza pa comé xDD

De turisteo solo estuve una vez, a.JJOO. y sin un guía autóctono que nos llevase a ver cosas tan interesantes, gracias Venturero. Bueno de noche sí jejeje

Nom Snad dijo...

..de narices, ya tengo un homenaje en Portugal:
Naris, naris, e naris / naris que nunca se acaba / naris, que se elle deseaba / fará o mundo infeliz; / naris, que Newton nâo quiz / descrever-lhe a diagonal; / naris de massa infernal, / que, se o calculo nâo erra / posto entre o sol e a terra / faria eclypse total !

[Manoel María Barbosa de Bocage
]

EL AVENTURERO dijo...

Puestos asi tabien vendria a cuentoi aquel poema de quevedo

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Adrian dijo...

Hola!!

Que envidia todo lo que cuentas en tu artículo y para colmo he visto unas fotos en http://www.trivago.es/barcelona-31965/tiendas/mercado-de-la-boqueria-133923 que me han abierto el apetito de estos productos tan desconocidos que ofrece la Boquería. Muchos saludos

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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