A Santa Compaña
Aunque era tarde ya, me había aventurado mas allá del collado para recoger unas raíces de tejo y unas alas libélula, que tengo oído que la infusión hecha con estos ingredientes es de gran alivio para los orzuelos, la morriña de noviembre y los sarpullidos en la rabadilla, mal este último que me aquejaba por aquellos días. No me gusta andar por esos parajes después del crepúsculo, porque los paisanos dicen que se ven allá cosas muy extrañas y que las piedras albergan espíritus nefastos que se enroscan en las orejas de los pastores extraviados y les susurran palabras blasfemas. Si embargo me alejé demasiado en pos de unas libélulas no acababan de aparecer, cuando súbitamente la noche extendió su tenebroso manto. En la oscuridad ya no fui capaz de reconocer el camino de vuelta a la aldea y me resigné a pernoctar al raso.
Había pasado un largo rato y ya empezaba a conciliar el sueño, cuando escuché un rumor lejano que al poco fue haciéndose más nítido: voces susurrantes que salmodiaban en latín, lamentos de las almas en pena que no encuentran reposo. Al mismo tiempo empecé a distinguir una luz mortecina que se aproximaba por la vereda. “E cousa do demo” pensé y me alejé de allí a toda la velocidad que me permitía la espesa oscuridad. A tientas llegue hasta una encrucijada en el camino donde se alzaba un cruceiro providencial y allí me refugié.
Sin embargo la infernal comitiva seguía acercándose lentamente y ya pude verla con claridad, a pesar de que el sudor frío me empañaba la vista. Unos cuerpos etéreos de carnes pútridas y lívidos rostros, cubiertos por mortajas raídas, apenas alumbrados por las tenues llamas de sus candiles ¡La santa Compaña! En algún lugar tocaba a muerto el sordo tañido de una campana. El terror me paralizaba y nada podía ya hacer sino santiguarme y entregar mi pobre alma a aquel fúnebre cortejo. Pero cuando llegaron hasta mi vera, pasaron de largo, sin reparar en mi presencia. Ni siquiera parecían haberme visto. Acaso el influjo protector del cruceiro me hacía invisible a las cuencas vacías de sus ojos.
Como llegaron, se fueron. La luminaria se perdió en la noche pero la visión me había aturdido hasta tal punto que perdí el conocimiento.
Cuando desperté las tinieblas dejaban paso a las primeras brumas de la mañana. El único vestigio de la aberración era un intenso olor a cera y azufre. Me levante y volví al pueblo. No le hablé a nadie de aquello, ni volví jamás por aquellos lares y desde entonces cuando tengo orzuelos, morriña de noviembre o sarpullidos en la rabadilla, me voy a la botica y me compro un medicamento genérico homologado.