lunes, 7 de febrero de 2011

Plaza TAHIR


Recuerdo haber pasado buenos ratos sentado en la plaza Tahir, a las puertas del portentoso Museo egipcio, mucho antes de que empezaran las revueltas.

Ahora los insurrectos se concentran en ese espacio para exigir el fin del régimen de Mubarak y lo han convertido en el símbolo del movimiento liberador. El gobierno se aferra al poder y contrataca, ofreciendo 50 libras egipcias (unos siete euros) y un pollo a los que se presten de matones para golpear a los manifestantes, según ha denunciado públicamente Nawal al-Sa’dawi, psicóloga y escritora feminista egipcia.


Cunado lei la noticia, un pensamiento me vino rapidamente a la cabeza: “mmm … que rico el pollo…”, pero luego enseguida ya analicé la cuestión con otra perspectiva mas profunda.


5 comentarios:

Juanjo Fernández dijo...

Cuidado que el sentido del humor está últimamente muy sensibilizado, mira el pobre Vigalongo.

EL AVENTURERO dijo...

es verdad, juanjo

se que hay una serie de temas sobre los que no se puede bromear, pero nunca me acuerdo de cuales son

cosmopolitana dijo...

Hoy he estado en El Cairo! Ya te contaré Aventurero. Decías algo de un pollo...

EL AVENTURERO dijo...

con la que esta callendo por alli!

Wendy Pan dijo...

... pues precisamente, creo yo, que 'con la que está callendo allí', la importancia de un pollo alcanza una importancia más que IMPORTANTE :S
Esperemos que no llegue a extremos tan extremistas como en los vecindarios, Egipto ha sido demasiado grande como para caer tan bajo, que el pueblo no lo permita.

PD: espero que todos, todos sigamos bromeando sobre lo que nos de la gana, incluido sobre todo la gente bapuleada gratuitamente como Nacho.

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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