martes, 7 de mayo de 2013

la Viña



El sucedido de las almendritas y las manitas de cerdo, y otros muchos igualmente jocosos, ocurrían en el barrio de la Viña, epicentro del carnaval gaditano y corazón de las chirogotas.

Mientras dibujaba esta esquina de la calle San Felix, un paisano que me caía en el campo visual me pidió que le sacara favorecido. Resultó ser Manolo Santander Cahué, reconocido compositor de chirigotas y autor del pasodoble “Me han dicho que el amarillo”, himno al cadismo cuya letra se puede leer en una placa conmemorativa a unos pocos metros de ahi.




Me han dicho que el amarillo
está maldito pa los artistas
y este color sin embargo
es gloria bendita para los cadistas.

Y aunque reciben a cambio
todo un calvario de decepciones
de amarillo se pintan la cara
amarillo son sus corazones
han dado su vida y sus gargantas
siguiendo donde haga falta
al Cádiz de sus amores.

Ratatatata ratatatata
benditos sean los que llenan de esperanza,
ratatatata ratatatata
cada rincón cada escalón de mi Carranza
sin importarles que nunca
vayan a ser campeones,
han conseguido el respeto
de toda España por esos colores
por eso viva mi Cai
vivan los cadistas vivan sus cojones..

4 comentarios:

Mondrigón dijo...

..pero qué jodio!!

Señorita Lines dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Señorita Lines dijo...

Cuplé de la chirigota 'Los hermanos Pepperoni'

EL AVENTURERO dijo...

EQUILICUA

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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