miércoles, 8 de enero de 2014

La Rua de Estella






Se entra a estella por la Rua, y casi lo primero que se encuentra es el albergue de peregrinos. Esta calle está asentada sobre la judería medieval, ya que aqui se localizaban las curtidurías y diferentes negocios de los hebreos, comunidad que llegó a ser muy importante en Estella, en aquellos tiempos en que había una fructífera convivencia de distintas culturas. Hubo por aquí incluso un sinagoga mas tarde trasformada en la iglesia de Todos los Santos.

También es la Rua se encuentra el palacio renacentista de los Echávarri, del siglo XVII, que hoy alberga el Museo de la Historia del Carlismo, y la Casa de Cultura Fray Diego de Estella, palacio plateresco del siglo XVI construido por la familia de este ilustre franciscano, acaso converso, una especie de autor de best sellers medieval, ya que sus tratados sobre ascética y mística fueron  traducidos a numerosos idiomas.

La rua desemboca en la plaza de San Martín, cuyo centro ocupa la fuente de los Chorros, del siglo XVI, una de las pocas renacentistas que se conservan en Navarra, Alli se levantan el antiguo ayuntamiento (actualmente ocupado por los Juzgados de Estella y ubicado en el solar donde anteriormente estuvo la iglesia de San Martín), con una bella fachada barroca del, y a su lado, un singular edificio que muestra un bello conjunto de puerta y ventana de arco apuntado, procedentes de un antiguo convento y reutilizados en el siglo XX.

En otra esquina de la plaza, el palacio de los Reyes de Navarra, actual museo de Ramiro de Maeztu, única construcción románica civil que se conserva en Euskal Herria, del último tercio del siglo XII. El mas celebre de sus capiteles representa la lucha de Roldán, paladín de Carlomagno,,y  Ferragut, gigante morisco descendiente de la estirpe de Goliat. El capitel recoge el momento en el que el héroe carolingio vence al coloso musulmán al atacarle en su único punto débil, el ombligo.

Otro capitel recoge dos edificantes escenas sin conexión entre sí. En la parte izquierda, se representa la Fabula del burro tañendo el arpa,  que escucha embelesado un león sentado sobre sus cuartos traseros. En la derecha, aparecen dos avaros c
aminando hacia su castigo cogidos por un cepo. De sus cuellos cuelgan bolsas del dinero. A su lado, unos condenados son cocinados en una caldera vigilada por cuatro diablos gourmets.

1 comentario:

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amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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