martes, 3 de noviembre de 2015

rembetika


 
 

La Rembétika es una música canalla, que nace en el submundo de los desclasados. Es frecuentemente comparada con géneros como el tango, el fado o el blues, por su origen marginal y su temática. La rembetica a veces trata de amores trágicos, pero sobre todo glosa la droga, la delincuencia y la cárcel.La denominación tiene su origen en la palabra rebetis que designa justamente a la persona rebelde y marginada que vive de y en los bajos fondos.


Las raíces de este género musical griego se encuentran en la música de mediados del siglo XIX  de la costa occidental de asia menor y Constantinopla, pero su máximo desarrollo lo encontró en los bajos fondos de las grandes de  ciudades griegas, principalmente Atenas, El Pireo, Siros y Tesalonica,  extendido por la población griega expulsada de Asia Menor en 1922 y que terminó malviviendo en los suburbios de estas ciudades.


En 1932 se realizan las primeras grabaciones de música rebética en Grecia por Márkos Vamvakáris, pero en 1936 comienza la dictadura de Metaxas, que establece la censura. Toda la discografía con referencias al hachís, al opio, etc. es prohibida, situación que se mantiene durante la segunda guerra mundial, con la ocupación alemana de Grecia. Las únicas grabaciones de esa época las grabaron los emigrantes griegos de los Estados Unidos.  
 
 
No se porque razón, los rembetes solo usaban una manga, el otro brazo quedaba libre bajo el abrigo. Durante la dictadura, cuando la policía descubria algún desarrapdo ataviado de esta guisa, le cortaban  la manga que no era utilizada.

 
 

2 comentarios:

Nom Snad dijo...

esta música está bien, pero te la tocan durante tres horas seguidas, ahí, pegando a tu mesa mientras te estás metiendo unas popietas a la parra y te aseguro que se arma la de Leroy

EL AVENTURERO dijo...

sio, eso puede aburrir al mas majo

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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