martes, 31 de enero de 2017

Luis Candelas

«Anoche una diligencia,
ayer el palacio real,
mañana quizá las joyas
de alguna casa ducal.

 
 


Las cuevas de Luis candelas es un restaurante situado bajo el arco de cuchilleros,  en una de las salidas de la Plaza mayor.

No es un sitio que me resulte atractivo. De hecho nunca he comido allí. Me da la sensación de que se nutre únicamente de guiris, atraídos por una aureola castiza un poco artificial. El restaurante lo fundó un torero retirado y los camareros visten con el atuendo típico de los bandoleros del siglo XIX, con sus redecillas y su trabuco. No te digo más.
Lo que si me atrae y justifica este intranscendente reseña, es el personaje de Luis candelas, que esté sí fue un bandolero real y tenía en estas cavas su guarida.

Un bandido atípico, más bien un ladrón de guante blanco que jamás manchó de sangre sus manos. Como el zorro, llevaba una doble vida.  Ocultaba su identidad como unfuncionario del Estado de la sección del Resguardo de tabacos en Madrid. Y a veces alternaba con la alta sociedad haciéndose pasar por un rico hacendado de Perú.


Consiguió hasta seis veces huir de prisión. En una de esas fue arrestado al atracar la diligencia del embajador de Francia en Torrelodones y además de dinero y joyas, le sustrajo también unos documentos confidenciales y comprometedores. Su segunda gran equivocación, que le costó la vida,  fue asaltar la casa de la modista de la Reina regente, María Cristina de Borbón Dos Sicilias.
Fue condenado a muerte y ejecutado por garrote vil en la Plaza de la cebada en noviembre de 1837. Tenía 31 años.

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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