jueves, 22 de junio de 2017

SINSORGOS DEL ESPACIO EXTERIOR





Desiros tengo que no he estado en Bilbao desde inundasiones de 2963. Jesus, María eta Joxepe! ¿Qué fue aquello? La vida me arruinó aquel aguadutxu de meteoritos. En la charcutería molecular  que tenía en erribera de Deusto un pedrusco grande me cayó que no había harrijasotzaile que lo levantara. Y como seguros en esa época también no teníamos, emigrar tuve que haser. A Plutón me fui, no te digo más. Y allí pues bien. Trabajo de funsionario ya conseguí en la confederasion intergaláctica y tal. Allí lo único un poco fresco, que estaban en cuarta glasiasión. Mejor si hubiera llevado una rebequita o algo. 

Así que, cuando mandakari me guachapeo para ir a Bilbao a haser evaluasión, pues yo que sí, oyes, encantado. Ocasión así no voy a perder. Ganas grandes tenia de ver el  botxito en 2984. Me meto en el agujero de gusano y direto al astropuerto de Atxuri en un di-da.

Me digo “voy a dar un vuelta por Somera a ver si queda por allí alguno de la kuadrilla”, y que va, oyes. Solo hay replicantes, mutantes, hípsters y alienígenas. Zelako naste borraste! Ninguna cara conosida. Cantidad de turistas de todo el sistema solar moviéndose en grupo por las siete calles, juntos juntos como manadas de estorninos. Ay ene!

Un venusiano con cara de compota se me arrima chapurreando que si sé algún local para  potear compuestos vitamínicos. “No voy a saber, laztana! Ya te llevo yo a una taberna con fuste”. Echamos a andar por el kasko, y nada. No hay más que franquisias,  tecnomercadillos vintage y panaderías quánticas. Menos mal que al final encontramos el bodega de Joxemiel, con los mismos aseleradores de partículas de toda la vida y.

Voy y le digo al clon expendedor: “txiki, nos pones al sapaburu y al menda dos buenas novocaínas en su tubo de ensayo, pero sin cardamomos ni ostias, eh”. Y  me sale con que allí no se sirven clorhidratos de año, que eso es cosa de neotxikiteros y que allí solo tienen txakolin gorri y no sé qué modernidades. Le daba un txalo con la mano abierta a ese txorroborro que se le quita la tontería en un nanosegundo. Si mi aita levantaría la cabesa criogenisada, armaría un tiberio de órdago a la grande.

Ay, Bilbao, como has cambiao. Distopía y gentrificasíon. Hasta ganas de llorar me entran, oyes. Ya nadie habla euskeranto, el Athletic ficha extraterrestres. La ría llena de batiscafos turísticos está. Aquellas elegantes escafandras de mil rallas se han quedado osoletas.  Nadie canta ya nuestras cansiones de siempre,  ni el bugy  bugy ni un alien vino a Bilbao. Todas las viejas  tradisiones se están  perdiendo. Como lágrimas en el sirimiri.
 

7 comentarios:

josia dijo...

Muy bueno.

Sonia dijo...

Asimov a la vasca! Qué portento de la ciencia ficción 😉

Sonia dijo...

Asimov a la vasca! Qué portento de la ciencia ficción 😉

Rivendel79 dijo...

Grande!

Rivendel79 dijo...

Grande!

Rivendel79 dijo...

Grande!

Anónimo dijo...

Me encanta

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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