martes, 26 de mayo de 2009

La Fuente de los Cuatro Rios


La huella de Bernini está presente por toda la ciudad. Una de sus obras mas conocidas es la Fontana delle quattro fiumi, en la Piazza Navonna. Esta fuente, esculpida en 1651 y rematada por un obelisco egipcio, contiene cuatro poderosos gigantes que representan a los cuatro grandes ríos:
El Ganges, el Danubio, el Nilo y el Río de la Plata.

El titán que representa al Nilo se tapa la cara con un paño, para expresar que en aquellos dias no se conocia el nacimiento de este rio. Tendrían que pasar muchos años antes de que el doctor Livingstone (supongo) se diera un chapuzón en las fuentes del Nilo.

Sin embargo, los romanos prefieren contar que las estatuas del Nilo y del Río de la Plata levantan sus brazos o tapan su cara, porque no quieren ver la vecina iglesia de Santa Agnes, o temen que se les derrumbe encima la fachada de este templo, que Bernini consideraba una aberración al arte, ya que habia sido construida por Borromini, su eterno rival.


Y es que estos dos no se podian ni ver. Bernini (1598-1680) venía de Nápoles y Borromini (1599-1667) de Lombardía; el primero había heredado la exuberancia propia de su tierra; el segundo, por el contrario, era introvertido y tenía mal carácter. Borromini dedicaría los últimos años de su vida a denigrar a su rival. Olvidado como artista y paranoico acabaría suicidándose. Bernini por el contrario fue muy famoso y prolífico en su época. Sin embargo, parece que hoy el prestigio de Borromini está en alza superando incluso a la de su gran competidor.

En cualquier caso, parece que hay que tomar partido. Cada cual debe elegir si prefiere a Bernini o a Borromini, porque no se puede ser de los dos, de la misma manera que no se puede ser a la vez del Lazio y del Roma.

3 comentarios:

Nom Snad dijo...

Parece ser que en la fachada de la iglesia, arriba del todo, hay una escultura señalando con el dedo la fuente de Bernini. al parecer quería dar la sensación de que su proyecto era mucho más interesante. Pero creo que tiene una segunda intención que no me acuerdo ahora. ¿Puedes aclarárnoslo?

EL AVENTURERO dijo...

pues no, no puedo alararoslo. es mas creo que te lo has inventado y en lo alto de la iglesia no hay ni escultura ni dedo ni nada

Wendy Pan dijo...

... bah, seguro que en el fondo estaban locos el uno por el otro, pero como el este era taaaaan tímido nunca llegaron a nada

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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