martes, 16 de febrero de 2010

Sinan en Uskudar


También en Usküdar, en la orilla asiática del Bósforo, muy cerca de la plaza desde la que partían hacia tierras de oriente las caravanas que realizaban la mítica ruta de la seda, podemos admirar una hermosa mezquita, la Iskele Camii, erigida a instancias de la princesa Mihrimah, hija favorita de Soliman, el magnifico.

Se trata de un edificio imponente y monumental, con amplio pórtico y dos minaretes gemelos. Fué construido en 1548 por Mimar Sinán, uno de los más importantes arquitectos de la humanidad, tan grande como sus contemporaneos Miguel Angel, Andrea Palladio o Juan Herrera.

Aunque se desconoce con exactitud su origen, se da por cierto que Sinan era hijo de familia cristiana, armenia o griega. A los 14 años fue reclutado por el cuerpo de Jenizaros, y gracias a su gran capacidad intelectual y su ambición se formó como ingeniero y arquitecto. Participó en numerosas campañas bélicas en la reparación y construcción de puentes de pontones y de catapultas.

Acompañó a los sultanes Selim I y Suleiman en las campañas militares de Rodas, Persia, Corfú, el sur de Italia, El Cairo, Austria, Moldavia y los Balcanes. Estas campañas le permitieron conocer numerosos ciudades europeas y apreciar de cerca sus edificios, monumentos y diversos estilos artísticos.

Fue, durante un periodo de cincuenta años, responsable de la construcción y supervisión de los edificios más importantes del gran Imperio, lo que le convierte probablemente en el arquitecto mas prolífico de la Historia. Su obra es la esencia del arte otomano.

6 comentarios:

gus aneu dijo...

Aventurero enciclopedico ;-)

EL AVENTURERO dijo...

tienes razon , gus, a veces me pongo un poco enciclopédico, pero aun asi procuro destacar alguna curiosidad o darle una aire narrativo

en el fondo estoy falto de ideas

judax dijo...

A mi me parece una entrada interesante, aunque le falte alguna aventurilla o susedido

gus aneu dijo...

No te disculpes, si yo en realidad no sólo te leo sino que tomo apuntes, que después de una semana en Estambul me he enterado de donde estuvimos gracias a tu blog. Gracias por ello.

hombrerrante dijo...

Acabo de descubrir este blog y me ha gustado tanto que lo he enlazado al mío.
Yo también escribo sobre viajes, pero no hago dibujos (y desde que me robaron la cámara ni siquiera fotos).
Me gusta bastante Sinán y sus mil y una variaciones del mismo concepto.
Dicen que su mezquita en Edirne es su mejor obra. Yo no sé porque nunca he ido, pero aquí en Estambul me quedo con Süleymaniye (la mezquita de Solimán), donde está su tumba, Sehzade (la mezquita del príncipe), donde está enterrado uno de los hijos de Solimán o la de Rüstem Pasa (esta sin expolicaciones), al lado del cuerno de Oro.
Un saludo!

hombrerrante dijo...

Acabo de descubrir este blog y me ha gustado tanto que lo he enlazado al mío.
Yo también escribo sobre viajes, pero no hago dibujos (y desde que me robaron la cámara ni siquiera fotos).
Me gusta bastante Sinán y sus mil y una variaciones del mismo concepto.
Dicen que su mezquita en Edirne es su mejor obra. Yo no sé porque nunca he ido, pero aquí en Estambul me quedo con Süleymaniye (la mezquita de Solimán), donde está su tumba, Sehzade (la mezquita del príncipe), donde está enterrado uno de los hijos de Solimán o la de Rüstem Pasa (esta sin expolicaciones), al lado del cuerno de Oro.
Un saludo!

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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