jueves, 13 de mayo de 2010

Paricutin

Una mañana el campesino mejicano Dionisio Púlido se encontraba labrando la tierra, cunado empezo a brotar fuego del suelo, acompañado de un ruido atronador y de un denso vapor. Dionisio corrió al pueblo a avisar que el fin de el mundo habia llegado.

En realidad era la primera manifestación del volcán Paricutín, conocida como periodo Quitzocho. Mas tarde vendrian el periodo Sapichu y el periodo Taqui Ahuna, en el que se destruiría todo el poblado de San Juan Parangaricutiro, excepto el campanario de la iglesia, mediante un actividad de tipo paroxismal, que digo yo quer será próxima al paroxismo

6 comentarios:

juanjofdez dijo...

¿por qué será que te acuerdas de volcanes en estos tiemnpos?

Judax dijo...

99999 !!!!!! capicúa volcánico donde los halla.

Misteriosamente no me deja publicar comentarios, aunque aparecen al de unas horas. Misterios de la ciencia

EL AVENTURERO dijo...

hey, hemos pasado de las 100.000 visitas!
y judax ha pillado un capicua de los buenos!
si hubieras tendo un pòco de perseverancia podrias haber pillado tambien el 100001

pues, si, juanjo, los tiempos estan muy volcanicos. La naturaleza se tira un pedo en un confin del mundo y paraliza todo el trafico aereo europeo. No deja de ser revelador de las fragildades del sistema

Judax dijo...

Me pareció muy egoísta ir a por el 100001 (binario elegante). Una cosa es que me guste atrapar capicúas y otra muy distinta es quedarme con todos

juanjofdez dijo...

Vaya, asi que hasta el 101101 ya no tendré ocasión de alcanzar otro capicúa, esto ya va a parecer el cometa halley.

juanjofdez dijo...

Ah! felicidades por los 100000, habría que celebrarlo, yo el martes inauguro exposición en Aranda, podriamos quedar el siguiente fin de semana

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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