sábado, 8 de septiembre de 2007

asuan

En el pricipio era el desierto. Un desierto implacable que se deplegaba desde el oceano Atlántico, asolando Africa entera de oeste a este con sus vientos ardientes.
Frente a él, una unica fuerza capaz de frenarlo: El rio Nilo, padre de todas las civilizaciones, que con sus crecidas anuales volvía fertil lo que el desierto había invadido.


Quizas esta lucha titánica que venia repitiendose desde tiempo inmemorial, avocó a los antiguos egipcios a expresarse mediante una arquitectura colosal , donde todas las dimensiones eran desmesuradas, ajena a las medidas humanas.


Miles de años mas tarde el presidente egipcio Nasser intenta ordenar las fuerzas de la natuaraleza, en lo que será la ultima obra faraonica: la presa de Asuan


Un dique de mas de cien metros de altura que pone una barrera al Nilo. Al otro lado el lago Nasser, el mayor embalse natural del mundo, con llega hasta Sudáqn con sus casi 500 kilometros de largo.
La presa consiguió evitar las temibles inundaciones y sequias de antaño y ha llegado a generar hasta la mitad de la electricidad necesaria para el consumo de todo Egipto.
Sin embargo, las consecuencias mediambientales han sido numerosas: sedimentación excesiva aguas arriba, erosión aguas abajo, desaparición de especies animales que efectuaban migraciones a lo largo del río, destrucción y salinización de los deltas al penetrar las aguas saladas en los terrenos cercanos a la desembocadura, disminución de la productividad en las pesquerías, emigración de animales marinos al suprimirse la barrera de la salinidad, subida del nivel de las aguas freáticas en las vegas cercanas, contaminación del río provocada por los fertilizantes, herbicidas y pesticidas, y proliferacion de animales que transmiten enfermedades, tales como el mosquito Anopheles, que provoca la malaria y los caracoles que propagan el parásito de la bilharziasis.
Vamos, del nivel de las doce plagas biblicas que Jahvé mandó al faraón.

5 comentarios:

Wendy Pan dijo...

Cómo se nota, querido Aventurero, que no nos tienes acostumbrados a contar historias en fin de semana, jejeje.
En otro orden de cosas, yo siempre he pensado que la peor y más grande plaga que tiene éste, nuestro precioso planeta, semos nosotros mismo: "homo sapiens".
Eso si que es una falacia como una catedral, llamarnos a nosotros mismos sapiens:
no solo no sabemos lo que hacemos la mayoría de las veces, sino que, aunque lo sepamos miramos para otro lado para "poder" hacer todo lo contrario.
Y no aprenderemos nunca a escuchar, nunca

Besototes Bajis, eres el mejor (aunque seas "sapiens", pero poco).

Anónimo dijo...

¿Bush también es hijo del Nilo civilizador? ¿Y Miguel Angel Rodriguez? Pues casi que se podía haber secado en el 8000 a.c.
Bueno otros buenos y civilizados sí han salido.
Nos conformaremos, qué remedio.
Saludos desde málaga

Wendy Pan dijo...

Vaya Gus, querido!!
Si que te has vuelto viajero tú también, malegro.
El otro día ví una promo de vajilla de cierto diario y macordé de tus ollas, jejeje
Y de tí, por supuestísmo.

Anónimo dijo...

Wendy
jejejeje
esa también es mía, en fin.
En málaga estoy de vacaciones familiares, que este año han sido muchos gastos y hemos decidido ser prudentes de aqui al final.
Un beso muy fuerte.

lenoreanabel dijo...

Te llevan a verlo como si fuera algo del otro mundo y la presa es fea como ella sola. qué desastre contra la naturaleza, menos mal que lograron salvar los templos porque sino...de que iban a sacar dinero!!

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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