viernes, 11 de diciembre de 2009

Guggenheim

El éxito alcanzado por el Museo Guggenheim de Bilbao despertó el olfato comercial de los neoyorkinos. Es habitual que las grandes ciudades tienden a copiarse entre si lo modelos de reactivación económica, asi que la Fundación decidió abrir una sucursal en Nueva York. Como en Bilbao el edifico había sido diseñado por el prestigioso arquitecto Frank Ghery, pensaron que tambien el de NYC tendría que ser un proyecto emblemático y se lo encargaron a Frank Lloyd Wright, uno de los arquitectos de mayor renombre en su tiempo.

Wright fue el principal exponente de la arquitectura orgánica, caracterizada por prescindir de los espacios compartimentados y por proyectar edificios abiertos al exterior mediante cubiertas planas y terrazas, con abundante luz natural e integrados en el entorno. Además, es relevante su uso innovador de los materiales y su visión para integrar los edificios en su entorno y en la naturaleza.

Creía firmemente en la importancia de la educación y fundó su propia escuela de arquitectura en su residencia de Taliesin (Spring Green, Wisconsin), donde formaba a sus alumnos en materias tan dispares como música, danza o escultura.

12 comentarios:

gran dakari dijo...

Sr aventurero: El Guggenheim de Nueva York, en su actual ubicacion (el de la 5ª avenida con Central Park) es mucho anterior al de Bilbao, concretamente de 1959; y logicamente Lloyd Wright es mucho anterior a Ghery. Tus documentalistas son de Bilbao, ¿no?

EL AVENTURERO dijo...

eso es lo que quieren que pensemos los de madrid, sr gran dakari

gus aneu2 dijo...

De hecho me consta que cuando Salomón le preguntó a la baronesa Hilla von Rebay a quién responsabilizar de la construcción del nuevo museo ella le dijo: "eso dejaselo al wright ése, lo importante es que se le llame al hudson Ría y no river, que es mucho más chic"

gus aneu2 dijo...

Lo que queremos en madrid es que se piense, alguién tendrá que hacerlo ¿no?

Wendy Pan dijo...

yo, personalmente, creo que eso de 'pensar' está sobrevalorado ¬¬

cosmopolitana dijo...

Esto no lo sabe nadie, pero a Wright se le ocurrió el diseño despues de haber estado en una cervecera vasca, más concretamente en Marco Pollo. Vio una bandeja, sobre ella una ensaladera y sobre ésta unos platos. En la esquina izquierda de la bandeja unos vasos apilados y dentro de ellos unas servilletas hechas un rollo. En la esquina derecha un palillero. Y luego oyó: "Dos pollos, una de patatas, una ensalada y dos de morcilla! Guk, guk hemen! Guk hemen! Una madre les decía a los hijos "Jueguen, niños jueguen...Y Wright se lió con los idiomas y de ahí el nombre del museo.

Jokerman dijo...

Próximamente en este blog: La Estatua de la Libertad fue un regalo del Orfeón Donostiarra a los quinquis del Bronx para conmemorar el 150 aniversario del estreno de Lo que el viento se llevó.

cosmopolitana dijo...

Un colaborador o colaboradora nuevo o nueva!!!!

Judax dijo...

El Wright ese ¿hizo la sucursal niuyorquina antes o después o de inventar el avión con su hermano?. Que tío más polifacético !!!, ni que fuera de Bilbao

;)

Wendy Pan dijo...

... hablando de nada:


http://baladatristedetrompeta.blogspot.com/

cosmopolitana dijo...

Wendy Pan, muchas gracias por el enlace!

Wendy Pan dijo...

De nazings ;D

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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