lunes, 4 de enero de 2010

Peter Luger

Sé que tras los excesos de las navidades, ahítos de manjares, no prestareis demasiada atención a una recomendación gastronómica.

Aun asi, debo hablaros del restaurante de Peter Luger. Se encuentra en una zona desangelada de Brooklyn, casi debajo del puente de Williamsburg. No se admiten tarjetas de crédito y el servicio es parco en atenciones.

Y sin embargo siempre está petado de gente procedente de remotos lugares. ¿a que se debe tanto éxito? A que sirven una carne excepcional, la mejor ternera de Nueva York.

Hay que decir que la carne de vacuno de EEUU es distinta a la del resto del mundo. Durante la Gran Depresión el Gobierno aprobó leyes en apoyo a los agricultores, obligando a alimentar al ganado con grano y cereales en lugar de con hierba. Como resultado una carne sensacional, dulzona y amarillenta y una autentica devoción por los asados.

La carta de Peter Luger es sencilla. Se puede elegir carne para uno, carne para dos, carne para tres o carne para cuatro. Si el numero de comensales es mayor se puede optar por un multiplo de los platos anteriores. Tambien ofrecen ensalada.

Cuando la revista Time out editó su guia de restaurantes concedió a Peter Luger la categoría de Mejor steak House de NYC. El año siguiente tambien y lo mismo el siguiente. Al de cinco años dejó de conceder el premio anual y anunció que solo lo reestablecería cuando no lo ganara Peter Luger. Hasta hoy.

10 comentarios:

cosmopolitana dijo...

Y la salsa barbacoa la venden en cualquier supermercado y vale hasta de aliño para la ensalada. Me alegro de que hayas vuelto a Nueva York Aventurero!

Judax dijo...

Y si abrimos una sucursal en Berriz?, lo mismo se nos llena de niuyorkinos

marina dijo...

Ahí quiero ir yo, al ñam ñam!
Aunque he vuelto a posponer sine die mi visita a New York, cualquiera se atreve a pasar por sus aeropuertos...
Están locos estos romanos!!!

Wendy Pan dijo...

Ya te digo Marina...

ahora tienen la excusa perfecta para despelotar y meter mano a cualquiera, glups!

Alp dijo...

¿Despelotar y meter mano? ¿Dónde hay que matricularse? Como diría el licenciado Arrieta, nuestra vocación frustrada es la de catador de top-models, pero aún no hemos descubierto la academia. En serio, estoy de acuerdo con Marina: visitar a los yanquis da más pereza que una ponencia de Sánchez Dragó sobre sus conquistas sexuales. Ni siquiera para un carnívoro (en todos los sentidos) como yo. Baidegüei, urte berri on (feliz año) a toda la panda de aficionados morrocotudos, en especial a tí, aventurista, incluso con beso, aunque rasques.

cosmopolitana dijo...

Soy la visitante 85758! Aventurero, ésto es muy buen presagio!

marina dijo...

alto ahí!!! ese que a veces firma por aquí como El Licenciado ¿¿¿Es Arrieta ??? Toda la vida en el Pilar y aún no sé dónde está Zaragoza! Ene jaungoiko laztana, zelako berria

El Licenciado dijo...

No me confundas con Arrieta, Marina!! Yo soy más guapo!!

Judax dijo...

Judax?, Arrieta?, Judax Arrieta?, Licenciado Judax Arrieta? ... cualquier día tendremos un equívoco y apareceremos en alguna web china como padrinos del arte vasco-aventureiro

El fugitivo del amor dijo...

Si queréis saber más sobre este mítico restaurante os recomiendo el libro "Historias de Nueva York", de Enric González.

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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