martes, 2 de abril de 2013

El Nacional y el Parisien


Me cuenta Kepa que a menudo se retira a la terraza del hotel Nacional para escapar del bullicio de la Habana, que puede resultar asfixiante, según el dia.

Antes que él, muchas celebridades mostraron la misma predilección por este rincón emblemático frente al Malecón. Recuerdo haber visto hace poco una película en la que Emir Kusturica, visiblemente beodo, daba tumbos por estos jardines.

La lista de la leyendas que se han alojado en las suites del nacional es interminable, como atestiguan las fotografías del Salon de la fama: Nelson Rockefeller, Frank Sinatra, Ava Gadner, Sir Alexander Flemming, Pedro Armendáriz, Spencer Tracy, MarIon Brando, Pablo Casal, John Wayne, Leopoldo y Balduino de Bélgica, Walt Disney, Fred Astaire, María Felix, Johnny Weismuller Mario Moreno, Rita Hayworth, Garcia Marquez, Alejo Carpentier, Sarte, Benedetti, e incluso la irrepetible Sara Montiel.

En el escenario del cabaret Parisien, anejo al Hotel, han actuado Lucho Gatica, Compay Segundo, Yma Sumac, Bola de nieve. Tambie actuo Nat King Cole, a quien ateriormente le habian impedido la entrada al Hotel, (lo mismo que a Josephine Baker) pues no se permitían huéspedes negros.

Tambien frecuentaban el Nacional algunos clientes menos recomendables. En diciembre de 1946 se produce la gran reunión de la Mafia. El Hotel Nacional de Cuba cierra sus puertas para hospedar a los más respetables capos de las familias de los Estados Unidos, reunidos en La Habana. Participaron en la reunión conocidos hombres de honor: Lucky Luciano, Santos Traficante, Meyer Lansky y Amadeo Barletta. Aquí le regalaron a Batista un telefono de oro, en agradecimiento por la concesión del monopolio del juego a los casinos de la Mafia.

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amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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