lunes, 9 de marzo de 2009

torre telefonica

Barcelona aprovechó la celebración de los Juegos Olímpicos del 1992 para acometer grandes reformas en la ciudad. Se recuperó gran parte del litoral y sus playas, antes inaccesibles, se mejoraron zonas degradadas, con la consiguiente perdida de sabor, se acometieron grandes infraestructuras, se construyó el puerto Olímpico y el palau sant Jordi…

Ejemplo de esta explosión de arquitectura y renovación urbanística, la torre de telecomunicaciones levantada por Santiago Calatrava en plena anilla olímpica de Motjuic, por encargo de Telefónica para dar cobertura a los juegos.

La Torre Calatrava presenta un diseño innovador respecto a las torres de telecomunicaciones tradicionales, a menudo réplicas a menor tamaño del Pirulí de Madrid. La estructura de Montjuic quiere representar una figura arrodillada haciendo una ofrenda. Como bilbaino siento cierto recelo hacia Calatrava, pero debo reconocer que esa estilizada estructura de 130 metros me resulta bastante atractiva.


4 comentarios:

judax dijo...

Tuve la suerte de disfrutar de una visual de la torre al atardecer, un momento muy especial.

El momento

EL AVENTURERO dijo...

bonita foto, judax

Wendy Pan dijo...

la última vez que estuve en Barcelona fué justito antes de todo ese revuelo olímspico..., ya me toca, ya ;D

Ah! bonito alfiler de corbata, este.

Muskilda dijo...

Es de las pocas cosas de Calatrava que me gustan. Así que, con cierto mosqueo, pregunto ¿pero seguro que funciona como torre de comunicaciones?

amica veritas, sed magis amicus plauto

Hace ya algunos años, paseaba yo por la calle Tarnok de Budapest, con la mirada atenta del viajero, cuando me sobrevino un estremecimiento que en un principio confundí con un retortijón intestinal. Sin embargo, cuando profundicé un poco más en el autodiagnóstico, entendí que en realidad lo que me sobrecogía era la contemplación de tanta belleza, una especia de mal de Sthendal en versión austrohúngara.



En aquel momento pensé que sería muy egoísta reservarme esa experiencia y decidí compartirla con aquellos a los que el destino no les habia deparado la oportunidad de visitar esa ciudad. Pero tambien con los que habían pasado por allí y no habían experimentado esa fruición contemplativa, como vaca sin cencerro, acaso porque la naturaleza les había negado esa sensibilidad exquisita con la que a mi me había dotado tan generosamente.



Llevado por este altruista impulso, me agencié un cuaderno y un rotulador Edding y empecé a esbozar dibujos como un poseso, en el afán de reflejar cuanto encontraba en mi camino y de plasmar mis impresiones de una manera mas o menos perdurable. Así nació el primer ejemplar de los cuadernos de viaje que componen esta colección. A partir de entonces -a la manera de los viajeros clásicos como Delacroix o Víctor Hugo- siempre que me dispongo a emprender un nuevo viaje, reservo en mi maleta un sitio para el cuaderno, entre los gayumbos y el neceser.



Debido a la desmesura de alguna de las opiniones vertidas en estas crónicas, la cautela aconsejaba ocultar mi identidad. Para evitar ser objeto de persecución política, decidí ampararme en el anonimato, inventando un alter ego al que llamé el aventurero. Aun así, mis detractores opinan que tal grandilocuencia no era sino una excusa que para poder hablar de mi mismo en tercera persona, como Julio Cesar o el Papa.



Nadie espere encontrar en estas páginas una guía de viaje, ni un exhaustivo glosario de monumentos. Ni una descripción fiel de los lugares visitados, ni una reflexión sensata sobre los usos y costumbres. Tan solo un inconexo puñado de dibujos, acompañados por el relato de anécdotas carentes de interés y algunos datos totalmente prescindibles e inexactos. Esa es otra: Ni siquiera puedo garantizar la fiabilidad de los textos. A menudo son cosas que he oído o leído aquí y allá, cuando no son directamente inventadas, fruto de una trasnochada imaginación, como muy bien han señalado algunos de mis detractores.



En la última secuencia de la película de Jonh Ford “El hombre que mató a Liberty Balance”, James Stewart le reprocha a un periodista la falta de rigor en algunas informaciones publicadas. El periodista se defiende: “Mira, James Stewart, en el oeste cuando la leyenda mola mas que la realidad imprimimos la leyenda”.



Con similar menosprecio a la verdad, yo, que solo pretendo evidenciar la paradoja del alma humana, escribo desde una ignorancia que haría avergonzarse, no ya a cualquier historiador aficionado, sino a cualquier persona de bien.



Vayan pues mis excusas para todos aquellos a quienes no correspondo con la veracidad que se merecen. En cualquier caso, espero que quienes recalen por estas páginas encuentren aquí motivo de solaz y esparcimiento, ya que otra cosa no pretendo.



Ahora, merced al avance de las nuevas tecnologías y para estupor de mis dichosos detractores, estos cuadernos pueden ser consultados en la red y quedan al alcance tanto de los curiosos como de los estudiosos de esta basta y vasta obra.

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